El Radar por Jesús Aguilar
En alguna casa de San Luis Potosí, o de cualquier rincón de México, un padre abatido e impulsivo apagó el televisor antes de que terminara el partido.
No lo hizo por enojo.
Lo apagó porque ya sabía.
Había aprendido a reconocer ese momento: el balón que se alejaba, las piernas que comenzaban a pesar, el reloj avanzando con una crueldad de verdugo y la vieja sensación de que algo, todavía invisible, estaba a punto de ocurrirnos.
Su hijo le preguntó por qué apagaba la tele si aún faltaban dos minutos.
Su papá le respondió:
—Todos sabemos cómo acaba esto…
Muchos años después, aquel niño hizo lo mismo frente a sus propios hijos.
Apagó el televisor.
Bajó la cabeza.
Y pronunció, casi con las mismas palabras, la derrota que había heredado.
Eso fue lo más grave.
México no sólo perdió partidos.
Aprendió a perderlos antes de jugarlos.
La derrota pasó de padres a hijos como pasan los apellidos, las fotografías de los muertos, las deudas y ciertos muebles que nadie se atreve a tirar.
Cada generación recibió la misma caja.
Dentro estaban el penal que no entró, el poste, la mano del delantero, el fuera de lugar, el árbitro, el minuto maldito, la ventaja desperdiciada y aquella camiseta extranjera que de pronto parecía vestida por gigantes.
También venía una frase:
—No te ilusiones demasiado. Recuerda que juegan los ratones verdes.
Era una advertencia cariñosa.
La decían para protegernos.
Porque en México también se aprende a amar así: tratando de evitarle al otro el dolor que uno ya conoce.
No te emociones.
No confíes.
No cantes antes de tiempo.
No digas que esta vez sí.
Y, sobre todo, no mires de frente a la felicidad, porque puede darse cuenta de que estás ahí y marcharse.
…
Ésa fue nuestra derrota más hermosa.
Nunca supimos irnos.
Pero volvimos.
Volvimos porque el futbol era la única casa en la que cabían al mismo tiempo el abuelo muerto, el padre cansado, la madre que no conocía la regla del fuera de lugar y el hijo que todavía creía que la vida podía resolverse con un gol en el último minuto.
…
México hizo de ese dolor un lenguaje.
…
Nos convertimos en campeones morales de torneos que ganaban otros.
Inventamos una república del “ya mérito”.
Casi llegamos.
Casi pudimos.
Casi fuimos.
…
México se olvidó de lo que era México.
Se olvidó de que este país había aprendido a construir sobre lagos, a sembrar donde parecía imposible, a conversar con sus muertos y a reírse en los velorios porque alguien tenía que conseguir que la noche fuera soportable.
…
Pero este México parece estar recordándolo.
…
Este equipo juega como si el pasado fuera memoria y no condena.
…
No juega para demostrar que merece estar aquí.
Juega porque está aquí.
…
Éste es el verdadero nacimiento.
No el del equipo que deja de perder.
El del país que deja de sentirse derrotado.
…
México no necesitaba olvidar sus derrotas.
Necesitaba dejar de obedecerlas.
…
Aprendimos a regresar.
Aprendimos que la esperanza no es creer que nunca caeremos, sino levantarnos sabiendo exactamente cuánto duele el suelo.
…
—Todavía no se acaba.
…
Eso es renacer.
No saber que vamos a ganar.
Saber que ya no tenemos que huir antes del final.
…
Todos están aquí.
Nadie sufrió solo.
Nadie esperó en vano.
…
Su lugar no está debajo de nadie.
Su historia no termina en el casi.
Su destino no tiene por qué escribirse con las derrotas de sus padres.
…
Esta vez nadie apaga la televisión.
Esta vez nadie abandona la mesa.
Esta vez el miedo puede quedarse a mirar.
…
Valió la pena llegar hasta aquí.
Valió la pena seguir.
Valió la pena creer otra vez.
…







