POPOL VUH 357

Por Mario Candia

17/4/26

INQUILINO INCOMODO En política, las contradicciones no estallan: se filtran. Y cuando lo hacen desde la propia voz del poder, dejan de ser rumor para convertirse en evidencia. Esta semana, Marcelo Ebrard confirmó en la conferencia matutina que su hijo vivió durante seis meses en la residencia oficial de la Embajada de México en Londres. No lo negó. No lo matizó. Lo explicó. Dijo que fue por invitación de la entonces embajadora, que era pandemia, que no hubo uso indebido de recursos públicos. Y la presidenta Claudia Sheinbaum escuchó, sin incomodidad visible, sin matiz, sin distancia. El hecho dejó de ser cuestionamiento para convertirse en relato.

RESIDENCIA DIPLOMÁTICA El dato no surge de la nada. Lo había documentado días antes el periodista Claudio Ochoa Huerta, quien señaló que el hijo del canciller no solo se hospedó en la residencia diplomática, sino que contó con servicios propios de una casa sostenida con recursos públicos. Hoy ya no es una versión periodística: es una admisión política. El problema, entonces, dejó de ser si ocurrió o no. El problema es qué significa que haya ocurrido… y que no pase nada.

CONFLICTO DE INTERÉS Porque aquí hay algo más grave que la anécdota: hay un conflicto de interés evidente. Marcelo Ebrard no era un particular, era el secretario de Relaciones Exteriores. Es decir, el superior jerárquico de la embajadora que —según su versión— hizo la “invitación”. En esa estructura, la frontera entre cortesía y subordinación no es difusa: es inexistente. Lo que se presenta como gesto personal tiene toda la apariencia de una decisión tomada bajo el peso del cargo. Porque cuando el jefe recibe un “favor”, difícilmente es un favor: es una instrucción no escrita.

CUESTIÓN DOMÉSTICA Y sin embargo, el poder decidió tratarlo como una cuestión doméstica. Como si la residencia oficial de una embajada fuera una extensión de la sala familiar. Como si los recursos públicos pudieran reinterpretarse según el contexto emocional del funcionario en turno. Como si el Estado fuera flexible… pero solo hacia arriba.

REGLAS La contradicción es brutal. El 2 de octubre de 2024, la propia Claudia Sheinbaum firmó una circular donde establecía: “sin influyentismo, sin nepotismo, sin corrupción ni impunidad”. También dejó claro que “el presupuesto no es de los funcionarios, es dinero del pueblo”. No es discurso de campaña. Es instrucción oficial. Es regla. Pero frente a un caso que encaja exactamente en esa zona que el propio gobierno dice haber erradicado, la reacción no fue investigar, ni deslindar, ni siquiera incomodarse. Fue justificar.

ÉTICA Aquí no hay, hasta ahora, una sentencia judicial. Pero tampoco hace falta. El problema no es únicamente legal: es ético y es político. Porque el uso de una residencia oficial para beneficiar a un familiar directo, en un contexto de subordinación institucional, no es un detalle menor. Es la evidencia de que las reglas no desaparecieron… solo cambiaron de destinatario.

LEGITIMIDAD La 4T construyó su legitimidad sobre una promesa: no ser como los de antes. Pero los privilegios no desaparecen cuando se niegan; desaparecen cuando se eliminan. Y aquí no se eliminaron. Se reinterpretaron. Se vistieron de excepción, de circunstancia, de humanidad. Se normalizaron.

CONCESIONES Y así es como empiezan a desmoronarse los proyectos políticos: no por el gran escándalo que los derrumba, sino por las pequeñas concesiones que los vacían. Porque cuando el poder necesita explicar por qué sus propias reglas no aplican para los suyos, ya no está gobernando con principios… está administrando excepciones.

VERDAD INCOMODA Y en esa administración de excepciones hay una verdad incómoda: no, no son iguales. Porque quienes llegaron prometiendo terminar con los privilegios hoy no solo los ejercen… los justifican. Y en ese tránsito, lo que se perdió no fue la coherencia: fue la autoridad moral.

Hasta el lunes.

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