Por Mario Candia
15/5/26
VOCACIÓN Hay profesiones que se ejercen. Y hay vocaciones que se encarnan. La docencia pertenece a las segundas. Un maestro no solo trabaja: deja huella. Construye memoria. Modela carácter. A veces incluso salva vidas sin saberlo. Porque detrás de cada médico, ingeniero, periodista, abogado, artista o gobernante, existe siempre la sombra silenciosa de un maestro que un día creyó en alguien cuando ni siquiera esa persona creía en sí misma.
RESISTENCIA Hoy en el Día del Maestro, México celebrará nuevamente a esos hombres y mujeres que pasan buena parte de su vida frente a un pizarrón, intentando abrir ventanas en medio de la oscuridad. Y aunque la rutina burocrática muchas veces les robe el brillo, aunque el sistema educativo los desgaste con cargas administrativas absurdas y aunque el país les regatee reconocimiento mientras les exige resultados milagrosos, siguen allí. Puntuales. Resistiendo. Enseñando.
DIGNIDAD Porque enseñar es un acto profundamente humano. No consiste únicamente en transmitir información. Un verdadero maestro enseña a pensar, a disentir, a preguntar, a imaginar. Enseña disciplina, pero también dignidad. Hay maestros que alimentan intelectos y otros que reconstruyen almas rotas. En comunidades marginadas, en rancherías olvidadas, en colonias atravesadas por la violencia, muchas veces el único rostro estable y confiable que tiene un niño es el de su profesor.
ESPERANZA México ha tenido generaciones enteras moldeadas por docentes heroicos. Maestros rurales que caminaban kilómetros para llegar a una escuela de lámina. Profesoras que compraban útiles con su propio dinero. Educadores que daban clases incluso sin luz eléctrica ni agua potable. La historia nacional está llena de ellos, aunque pocas veces aparezcan en los discursos oficiales. José Vasconcelos entendía que educar era civilizar; Jaime Torres Bodet veía en la enseñanza el verdadero motor del desarrollo; incluso en los momentos más difíciles del país, la figura del maestro representaba autoridad moral y esperanza colectiva.
ACTIVISTAS Pero también sería ingenuo romantizar una realidad que ha cambiado dolorosamente. Porque junto a esa inmensa mayoría de docentes comprometidos, también han crecido las excepciones que terminaron contaminando la percepción pública del magisterio. Líderes sindicales convertidos en caciques políticos. Operadores electorales disfrazados de educadores. Maestros que abandonaron el aula para convertirse en activistas permanentes de facción, usando la educación como rehén ideológico y no como herramienta de formación.
TRINCHERAS Ahí está una de las tragedias silenciosas del México contemporáneo: la politización del magisterio. En algunos sectores, el aula dejó de ser espacio de conocimiento para transformarse en plataforma de adoctrinamiento o estructura de movilización electoral. Y eso lastima profundamente la esencia de una profesión que debería mantenerse por encima de las trincheras partidistas. Un maestro puede tener ideología —como cualquier ciudadano—, pero jamás debería sacrificar la educación de sus alumnos en nombre de intereses políticos.
EDUCAR Sin embargo, incluso frente a esa distorsión, la vocación auténtica sigue resistiendo. Sobrevive en miles de maestros anónimos que continúan levantándose de madrugada para preparar clases, revisar tareas y escuchar problemas familiares ajenos como si fueran propios. Sobrevive en quienes entienden que educar no es imponer consignas, sino formar seres humanos libres.
SEMBRAR Quizá por eso un maestro nunca se jubila realmente. Porque sus palabras permanecen. Décadas después seguimos recordando frases, consejos y lecciones que alguien nos dijo frente a un escritorio escolar. Los grandes maestros no envejecen: se multiplican en las vidas que tocaron. Y en un país tan golpeado por la violencia, la polarización y la ignorancia deliberada, acaso habría que entender algo fundamental: ningún proyecto de nación será más fuerte que sus maestros. Porque donde un maestro siembra pensamiento crítico, la barbarie retrocede.
Hasta del lunes.