Por Mario Candia
4/6/26
LA CARTA Hay cartas que buscan explicar una realidad y terminan exhibiendo otra. La que difundió esta semana el expresidente Andrés Manuel López Obrador en defensa de Claudia Sheinbaum pertenece a esa categoría. El documento pretende convencer al lector de que existe una ofensiva coordinada desde Estados Unidos para debilitar a Morena, descarrilar a la Cuarta Transformación y regresar al poder a una oposición dócil a los intereses de Washington. El problema es que, conforme avanza la lectura, la carta deja de ser una defensa de la presidenta para convertirse en un monumento a la nostalgia presidencial de quien todavía no acepta del todo que ya dejó el cargo.
LA CULPA Resulta curioso que en cinco cuartillas dedicadas a explicar la tensión entre México y Estados Unidos no aparezca una sola reflexión sobre la expansión del crimen organizado, la pérdida de control territorial en vastas regiones del país o las múltiples investigaciones que han colocado a personajes cercanos al oficialismo bajo sospecha. Nada. Para López Obrador, la causa de todos los males sigue estando afuera. La culpa es de Washington, de la DEA, de la derecha internacional, de los conservadores, de los medios, de los adversarios. El único ausente en el desfile de responsabilidades es el gobierno que durante seis años administró el país.
LA DIFERENCIA La carta tiene además un aroma inequívoco a ajuste de cuentas con la historia. Más que defender a Claudia Sheinbaum, López Obrador parece empeñado en recordar que él sí sabía tratar con Donald Trump. Nos cuenta cómo evitó conflictos comerciales, cómo resolvió diferencias migratorias, cómo convenció al magnate de no clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas y hasta cómo intervino en el caso Cienfuegos. En resumen, el mensaje es transparente: “cuando yo estaba, Trump se portaba bien”.
LA PARADOJA Y ahí aparece una paradoja fascinante. Mientras declara que Sheinbaumes “la mejor presidenta de México de nuestro tiempo”, al mismo tiempo construye la narrativa de que ella no ha logrado contener los embates del nuevo Trump como él sí lo hizo. Es el equivalente político de un entrenador retirado que elogia públicamente al nuevo director técnico mientras le explica a todo el estadio cómo se debían hacer las cosas.
LOS ADJETIVOS Pero el momento más delicioso del texto llega al final. Buscando explicar por qué cambió Trump, López Obrador responsabiliza a quienes rodean al presidente estadounidense. Entonces despliega una colección de calificativos dignos de unensayo de Monsiváis: “paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tintorerillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”. Uno lee la lista y no puede evitar preguntarse si el expresidente estaba hablando de Washington o de una reunión del Consejo Nacional de Morena.
LA IRONÍA Porque si algo ha caracterizado a la política mexicana de los últimos años es precisamente la proliferación de oportunistas profesionales, aduladores de tiempo completo, chapulines ideológicos, caciques regionales reciclados y personajes cuya principal virtud consiste en repetir que el emperador viste un traje magnífico mientras todos observan que camina completamente desnudo. La ironía es extraordinaria. López Obrador intenta explicar que Trump se desvió por culpa de las malas compañías, cuando buena parte de los mexicanos podría argumentar exactamente lo mismo sobre la evolución de su propio movimiento.
LA CHINGADA Tal vez por eso la carta resulta tan reveladora. No porque explique el comportamiento de Trump, sino porque exhibe algo mucho más profundo: la dificultad de un líder para reconocer que el mundo siguió avanzando después de su sexenio. Desde La Chingada, el expresidente sigue observando la política nacional como quien mira por el espejo retrovisor. El problema es que los accidentes ocurren cuando uno insiste en conducir mirando hacia atrás. Y mientras tanto, el país sigue esperando una explicación menos épica y más sencilla: si todo era tan fácil como “domar” a Trump, ¿por qué hoy México enfrenta problemas que ningún discurso, ninguna carta y ninguna nostalgia presidencial pueden ocultar?
Hasta mañana.









