La política habla de los jóvenes. Los jóvenes hablan de sobrevivir.

“Los jóvenes son el futuro de México.”

LA VERDAD Y EL CAMINO

Por: Aquiles Galan.

La política mexicana tiene una extraña obsesión con los jóvenes.

Los busca cuando necesita votos. Los presume cuando habla del futuro. Los convierte en el rostro de sus campañas, en informes de gobierno, discursos de todos los partidos, y hasta se crean secretarías de juventud. Pero cuando llega el momento de gobernar, sus problemas desaparecen de la conversación pública.

Porque una cosa es hablarles a los jóvenes.

Otra muy distinta es hablar de lo que les quita el sueño. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace:

¿Y si el problema no es que la política no hable de los jóvenes, sino que nunca habla de sus problemas?

Porque mientras la clase política discute encuestas, alianzas y elecciones, millones de jóvenes tienen conversaciones mucho más urgentes.

¿Cómo conseguir un empleo que pague lo suficiente?

¿Será posible independizarse antes de los treinta?

¿Algún día alcanzará para poder tener una paz financiera?

¿Vale la pena estudiar una carrera si el mercado laboral cada vez recompensa menos mi esfuerzo?

Ahí está la verdadera agenda generacional.

En México viven más de 30 millones de personas entre los 15 y los 29 años, casi una cuarta parte de la población. Sin embargo, los temas que realmente determinan su futuro siguen ocupando un lugar secundario en la discusión pública.

El primero es el empleo.

Durante años se nos dijo que estudiar era la llave para salir adelante. Y claro que la educación sigue siendo la mejor inversión posible. Pero también es cierto que hoy un título universitario ya no garantiza estabilidad económica.

Muchos jóvenes consiguen empleo… pero no uno que les permita construir un proyecto de vida. México mantiene una de las tasas de desempleo más bajas de la OCDE, pero más de la mitad de las personas ocupadas trabajan en la informalidad, sin seguridad social, prestaciones o estabilidad. Para miles de jóvenes, el reto ya no es encontrar trabajo; es encontrar uno que les permita crecer. No basta con generar empleos, hay que generar oportunidades.

Después viene la vivienda.

Quizá sea el tema del que menos habla la política y uno que más preocupa a nuestra generación.

Los precios de las viviendas y de las rentas han aumentado mucho más rápido que los ingresos de quienes apenas comienzan su vida laboral. Para millones de jóvenes, independizarse dejó de ser una decisión personal y se convirtió en una posibilidad económica cada vez más lejana.

Y cuando una generación no puede construir patrimonio, el problema deja de ser individual y se convierte en un problema de desarrollo.

También está la movilidad social.

La OCDE ha señalado durante años que México es uno de los países donde el origen familiar sigue pesando demasiado en las oportunidades de las personas. Dicho de otra manera: el lugar donde naces continúa influyendo, muchas veces, más de lo que debería en el lugar al que puedes llegar.

Eso explica buena parte de la frustración de muchos jóvenes.

No es que no quieran esforzarse.

Es que sienten que el esfuerzo, por sí solo, ya no alcanza.

Nuestra generación no está pidiendo privilegios. Está pidiendo algo mucho más básico: que el esfuerzo vuelva a tener recompensa.

Y, sin embargo, buena parte del debate político sigue girando alrededor de los mismos temas de siempre.

Se habla de los jóvenes como electores.

Como voluntarios de campaña.

Como audiencia en redes sociales.

Pero casi nunca como ciudadanos que quieren construir un patrimonio, emprender un negocio, acceder a una vivienda, formar una familia o tener la certeza de que trabajar honestamente les permitirá vivir mejor o poder jubilar a sus padres.

Ahí está la desconexión.

No creo que los jóvenes hayan perdido el interés por la política.

Creo que la política ha perdido el interés por hablar de lo que realmente les importa a los jóvenes.

Porque una generación que vive con incertidumbre económica difícilmente encontrará tiempo para entusiasmarse con discursos vacíos.

La confianza no se recupera con campañas más creativas.

Se recupera cuando un joven descubre que estudiar sigue valiendo la pena; cuando trabajar le permite independizarse; cuando emprender deja de ser una carrera de obstáculos y cuando el esfuerzo vuelve a ser suficiente para imaginar un futuro mejor.

Los jóvenes no están esperando que la política les resuelva la vida. Están esperando que deje de complicársela. Y quizá ahí esté el mayor reto de nuestra generación política.

Dejar de hablarles a los jóvenes.

Y empezar, de una vez por todas, a hablar de sus problemas.

Mientras la política siga viendo a los jóvenes como una estrategia electoral, seguirá perdiendo su confianza.

El día que empiece a verlos como ciudadanos con problemas concretos —vivienda, empleo, salud mental, educación y oportunidades— dejará de hablar del futuro y empezará, por fin, a construirlo.

Bonito Día…