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POPOL VUH 382

Por Mario Candia

5/6/26

MÚSICA Hay algo profundamente extraño en la música contemporánea. Vivimos en una época donde nunca habíamos tenido acceso a tantas canciones y, sin embargo, pocas veces habíamos escuchado tan poco sobre lo que realmente duele. Las listas de popularidad están saturadas de canciones sobre dinero, poder, cuerpos perfectos, autos de lujo, drogas, fama instantánea y personajes invencibles. Pareciera que la fragilidad humana se volvió políticamente incorrecta. Como si reconocer el miedo, la tristeza o la soledad fuera un signo de debilidad en una cultura obsesionada con aparentar fortaleza.

MILO J Por eso me sorprendió descubrir a Milo J. No porque sea argentino. No porque tenga apenas 19 años. Tampoco porque haya arrasado recientemente en los Premios Gardel. Lo que me sorprendió fue escuchar a un joven escribir sobre la muerte, la ausencia y el duelo con una sensibilidad que parece pertenecer a otra época. Mientras buena parte de la industria musical se esfuerza por construir personajes, Milo J se dedica a hablar de personas.

HERIDAS En “Niño”, un padre ausente parece acompañar a su hijo desde algún rincón de la memoria. En “Luciérnagas”, la muerte deja de ser un final para convertirse en una transformación luminosa. En “Cuando el agua hirviendo no queme más”, la vida aparece como una sucesión de heridas, errores y aprendizajes que solamente pueden entenderse cuando dejamos de huir de nosotros mismos.

MEMORIA Y si tuviera que elegir una sola canción para entender el universo emocional de Milo J, elegiría precisamente “Niño”. Es una de esas obras extrañas que logran ser hermosas y dolorosas al mismo tiempo, como la vida misma. Escucharla es asomarse a la herida de un hijo que extraña a su padre, pero también al amor inmenso de un padre que, aun desde la ausencia, intenta seguir cuidándolo. No hay rabia. No hay reproches. No hay victimismo ni dramatismo artificial. Hay ternura. Hay compasión. Hay una comprensión profunda del sufrimiento humano. Cuando uno escucha esa conversación imposible entre un padre muerto y un hijo que sigue intentando entender su ausencia, resulta inevitable pensar en nuestras propias pérdidas. Todos hemos perdido algo o a alguien. Todos conservamos una conversación pendiente, un abrazo que no alcanzó a darse o una despedida que nunca llegó. Por eso “Niño” no se escucha únicamente con los oídos. Se escucha con la memoria.

RUIDO Lo extraordinario es que estas canciones no ofrecen respuestas. No prometen éxito. No venden fórmulas para la felicidad. Apenas ofrecen compañía. Y quizá eso sea exactamente lo que millones de personas necesitan escuchar. Durante años nos dijeron que los jóvenes habían dejado de sentir profundidad. Que las nuevas generaciones solo consumían contenido rápido, superficial y efímero. Sin embargo, el éxito de artistas como Milo J demuestra exactamente lo contrario. Lo que existe es una enorme necesidad de encontrar voces honestas en medio del ruido.

BELLEZA Hay versos que revelan más sobre una sociedad que cien discursos políticos. Cuando un joven escribe que la vida llora porque perdió una hermosa flor de su jardín, está hablando de algo que todos hemos vivido alguna vez. Cuando describe a un ser de luz desapareciendo en lugar de un cuerpo dentro de un ataúd, está transformando el dolor en belleza. Eso no es una moda musical. Eso es arte.

FANTASMAS Tal vez por eso sus canciones conectan. Porque todos cargamos ausencias.Todos tenemos fantasmas. Todos hemos querido volver a un lugar donde alguna vez fuimos felices. Todos conocemos el miedo de olvidar un rostro, una voz o una sonrisa. La diferencia es que la mayoría aprendimos a callarlo. Milo J decidió convertirlo en canciones.

RESISTENCIA Y quizá la razón por la que “Niño” duele tanto sea porque nos recuerda una verdad que pasamos buena parte de la vida intentando ignorar: podemos acumular años, responsabilidades y cicatrices, pero frente a la ausencia de quienes amamos siempre volvemos a ser niños. El amor no desaparece cuando alguien muere; lo que desaparece es la posibilidad de volver a abrazarlo. Aprender a vivir con esa diferencia es una de las tareas más difíciles que nos impone la existencia. Y cuando una canción logra recordárnoslo con tanta belleza, deja de ser solamente música para convertirse en un espejo. En tiempos donde la música parece premiar cada vez más el ruido, descubrir a alguien que todavía se atreve a hablarle al alma resulta casi un acto de resistencia.

Hasta el lunes.