Por Mario Candia
15/6/26
MADRES BUSCADORAS La frase fue pronunciada por un argentino que observaba la protesta de madres buscadoras en las inmediaciones del Estadio: “México hace un Mundial como Argentina 78”. La comparación incomodó a muchos. Y tenía que incomodar. Argentina organizó aquella Copa del Mundo bajo una dictadura militar responsable de desapariciones sistemáticas desde el propio aparato del Estado. México de 2026 es otra realidad, con instituciones democráticas y una crisis de desapariciones mucho más compleja, atravesada por el crimen organizado, la impunidad y las omisiones gubernamentales.
NARRATIVA Pero quizá el argentino no estaba hablando de equivalencias históricas. Tal vez estaba advirtiendo sobre otra cosa: la tentación de utilizar el espectáculo para desplazar el dolor. Lo verdaderamente inquietante no fueron las reacciones airadas que generó la comparación. Lo preocupante fue comprobar, una vez más, la incapacidad del poder para escuchar el reclamo de las víctimas sin sospechar de ellas. En lugar de preguntarse por qué existen miles de madres buscando a sus hijos, la discusión derivó rápidamente hacia otra dirección: ¿quién pagó los autobuses?, ¿quién financió la movilización?, ¿qué intereses políticos hay detrás?
ANTROPOLOGÍA FORENSE Es una reacción reveladora. Porque cuando el Estado se preocupa más por identificar al patrocinador de una protesta que por resolver la causa que la origina, algo profundamente humano se ha extraviado en el ejercicio del poder. Las madres buscadoras no son una estrategia electoral. No son una campaña de desprestigio. Son mujeres que un día salieron a buscar a quienes más amaban porque las instituciones fueron incapaces de encontrarlos. Son maestras, comerciantes, amas de casa, profesionistas, que aprendieron antropología forense a golpes de realidad. Mujeres que cambiaron las reuniones familiares por jornadas bajo el sol, con una pala en las manos y una fotografía en el pecho.
COMPASIÓN Sin embargo, desde las trincheras digitales de la polarización, muchos prefirieron el camino fácil: desacreditarlas, ridiculizarlas o atribuirles intereses ocultos. Los mismos que suelen exigir empatía cuando la tragedia toca a los suyos fueron incapaces de conceder un mínimo de compasión frente a una exigencia tan elemental como devastadora: “queremos encontrarlos”. Y entonces ocurrió una imagen que perseguirá por mucho tiempo a quienes hoy gobiernan. Una madre arrodillada frente a una línea de policías protegidos con escudos antimotines. Una mujer quebrada por la ausencia enfrentando la frialdad del aparato estatal.
IMBORRABLE Las imágenes tienen una fuerza que ningún ejército de cuentas anónimas puede neutralizar. Podrán discutirse las formas. Podrán cuestionarse las estrategias. Podrán intentar controlar la narrativa durante algunos días. Pero hay algo imposible de borrar: ninguna madre sale a protestar por gusto. Nadie convierte la búsqueda de un hijo en una bandera política por conveniencia. Ese dolor no se improvisa. Tal vez por eso la comparación con Argentina provocó tanta molestia. Porque nos obligó a mirar aquello que preferimos ignorar. No somos la Argentina de 1978. Pero tampoco somos el país que queremos creer que somos cuando se apagan las cámaras y termina la ceremonia inaugural.
JUSTICIA Dentro de algunos años, pocos recordarán el marcador del partido inaugural del Mundial 2026. En cambio, es muy probable que permanezca en la memoria colectiva la fotografía de una madre arrodillada frente a un muro de escudos, pidiendo algo que nunca debió convertirse en una exigencia extraordinaria: verdad, justicia y la posibilidad de abrazar de nuevo a sus hijos o, al menos, despedirse de ellos con dignidad. Un gobierno se desnuda no por la eficacia de su propaganda, sino por la manera en que trata a quienes sufren. Y un país también.
Hasta mañana.







