Por Mario Candia
30/6/26
MÉXICO Durante décadas el futbol mexicano vivió atrapado en una frase que terminó por convertirse en una especie de refugio emocional. “¡Sí se puede!” era mucho más que un grito de aliento; era una declaración de esperanza frente a una historia que casi siempre terminaba igual. Lo repetíamos porque necesitábamos convencernos. Porque en el fondo sabíamos que enfrentábamos a rivales superiores y que cualquier hazaña requería algo cercano al milagro. Era el lenguaje de un país acostumbrado a quedarse cerca, a competir con dignidad y a resignarse con elegancia cuando llegaba la eliminación.
CONVICCIÓN Pero este Mundial ha cambiado algo que va mucho más allá del futbol. Por primera vez en muchos años el ambiente es distinto. Ya casi nadie repite aquel viejo “Sí se puede”. Hoy la frase que flota en el aire es otra, mucho más sencilla, pero infinitamente más poderosa: ¿Y si, sí? Parece un juego de palabras, pero en realidad refleja un cambio profundo en el estado de ánimo de millones de mexicanos. Ya no se trata de implorar que ocurra un milagro; se trata de aceptar que existe una posibilidad real. Es la diferencia entre la esperanza y la convicción.
UNIÓN México llega esta noche al partido más importante de los últimos años. Noventa minutos frente a Ecuador separan a la Selección Nacional de unos octavos de final que tendrían un sabor histórico. Y lo extraordinario no ocurre únicamente dentro de la cancha. Basta recorrer cualquier ciudad del país para entender que el Mundial logró algo que la política, las campañas y los discursos oficiales llevan años intentando sin éxito: unir a los mexicanos. Durante algunas semanas dejamos de discutir sobre partidos políticos para discutir alineaciones; cambiamos los insultos de las redes sociales por fotografías de familias enteras viendo los partidos; las plazas volvieron a llenarse de gente celebrando y las calles recuperaron, aunque fuera por unas horas, esa sensación de comunidad que parecía perdida.
EL BALÓN El Mundial también ha permitido que el mundo descubra un México distinto. El del voluntario que ayuda a un turista perdido, el comerciante que comparte una botella de agua con un extranjero, el vecino que abre las puertas de su casa para ver el partido con quien apenas conoció unas horas antes. Es el México hospitalario, generoso y profundamente humano que tantas veces queda sepultado por los encabezados de violencia, corrupción e inseguridad. Paradójicamente, necesitábamos un balón para recordar quiénes somos cuando dejamos de mirarnos con desconfianza.
MIEDO Sin embargo, las sombras nunca terminan de desaparecer. En las últimas horas comenzó a circular en redes sociales un supuesto mensaje atribuido al crimen organizado en el que se amenaza a ciudadanos ecuatorianos en caso de una eliminación de México. Hasta este momento no existe ninguna evidencia pública que confirme su autenticidad y bien podría tratarse de un montaje diseñado para generar miedo. Pero el verdadero problema no radica en saber quién escribió ese texto. Lo verdaderamente preocupante es que millones de personas lo consideren perfectamente posible. Ese es el tamaño de la herida que carga este país. Hemos convivido tanto tiempo con la violencia que incluso una amenaza sin verificar parece creíble.
RIVAL Sería profundamente injusto que la noche más importante del futbol mexicano terminara empañada por la intolerancia de unos cuantos. Los aficionados ecuatorianos que hoy llenarán las tribunas hicieron exactamente lo mismo que haríamos nosotros si el Mundial se jugara en Quito: viajar para apoyar a su selección, convivir con otras culturas y disfrutar de la mayor fiesta del deporte. El rival está sobre el césped, no en las calles. La grandeza de una afición no se demuestra únicamente cuando celebra un triunfo; también se demuestra cuando sabe respetar la derrota propia o la victoria ajena.
CIVILIDAD Quizá por eso el verdadero partido que México disputa esta noche no comienza con el silbatazo inicial ni termina con el último minuto de compensación. El partido más importante se jugará cuando miles de personas salgan nuevamente a las calles. Ahí sabremos si este Mundial realmente nos dejó algo más que buenos recuerdos. Ahí veremos si somos capaces de celebrar con pasión sin perder la civilidad, si podemos demostrarle al mundo que la alegría de un pueblo siempre será más fuerte que el miedo que algunos pretenden sembrar.
TRIUNFO Hace veinte años necesitábamos gritarnos “¡Sí se puede!” porque la historia nos obligaba a creer en imposibles. Hoy basta una pregunta. Una pregunta que resume el momento que vive todo un país y que explica mejor que cualquier encuesta el ánimo colectivo de millones de mexicanos. ¿Y si, sí? Porque, después de todo, quizá el mayor triunfo de este Mundial no sea llegar a los octavos de final. Quizá el verdadero triunfo consista en haber recuperado, aunque sea por unas semanas, la capacidad de creer que México todavía puede sorprenderse a sí mismo.
Hasta mañana.







