Por Mario Candia
1/7/26
LÍNEA Hay noticias que, de tan sutiles, corren el riesgo de pasar inadvertidas. No hubo escándalo. No hubo gritos. No hubo una reforma constitucional ni una votación maratónica en el Congreso. Bastó una frase pronunciada durante la conferencia matutina para encender una alerta que cualquier demócrata debería escuchar con atención. La secretaria de Ciencia anunció que, por instrucciones de la presidenta, el renovado Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) tendrá entre sus líneas de investigación el avance de la extrema derecha en distintas partes del mundo.
ÓRDENES La noticia no es que se estudie a la extrema derecha. Eso, por supuesto, debe hacerse. También el fascismo, el nazismo, el franquismo, los movimientos supremacistas y cualquier corriente política que amenace las libertades merece investigación seria. El problema comienza cuando no son los investigadores quienes definen qué investigar, sino el gobierno. Es una diferencia pequeña… hasta que deja de serlo.
CONSTRUCCIÓN Porque hoy la instrucción es estudiar a la extrema derecha. Mañana podría ser escribir una nueva interpretación del pasado reciente. Pasado mañana, explicar que la historia de México alcanzó finalmente su plenitud con la Cuarta Transformación. Después de todo, cuando el poder descubre que puede escribir el presente, tarde o temprano siente la tentación de corregir el pasado. Lo curioso es que quienes durante años denunciaron la existencia de una “historia oficial” ahora parecen bastante entusiasmados con la idea de construir otra.
OCTAVIO PAZ Resulta inevitable recordar a Octavio Paz. En una entrevista, cuando le preguntaron si se había movido hacia la derecha, respondió con una elegancia demoledora: “Los términos izquierda y derecha han perdido absolutamente todo sentido… Hablemos de realidades, no de relaciones.” Qué extraordinaria lección. Porque mientras algunos siguen viendo el mundo dividido entre buenos y malos, conservadores y progresistas, pueblo y adversarios, Paz proponía algo infinitamente más incómodo: observar los hechos.
AUTORITARISMOS Y los hechos dicen que el autoritarismo nunca ha pedido credencial ideológica para instalarse en el poder. Ha gobernado desde la derecha. Ha gobernado desde la izquierda. Ha vestido uniforme militar. Ha usado boina revolucionaria. Ha citado a Marx y también a Dios. Siempre cambia de discurso. Nunca cambia de ambición.
HISTORIA Por eso sorprende que un instituto dedicado a estudiar la historia reciba desde el poder una orientación tan específica. ¿No sería más útil investigar el avance del autoritarismo? ¿La captura de instituciones? ¿La propaganda oficial? ¿La utilización política de la memoria? ¿La construcción de enemigos públicos? ¿La concentración del poder? ¿La desaparición de contrapesos? Esos fenómenos sí aparecen una y otra vez en la historia, sin importar el color del gobierno que los protagoniza.
VERSIONES OFICIALES Quizá el problema sea precisamente ese. Que estudiar únicamente a la extrema derecha permite observar el peligro… siempre y cuando ocurra en la casa del vecino. Porque el autoritarismo propio casi nunca se reconoce. Se justifica. Se racionaliza. Se bautiza con nombres amables. Siempre llega diciendo que lo hace por el bien del pueblo. La historia está llena de gobiernos convencidos de que ellos eran los buenos mientras limitaban libertades, controlaban instituciones y escribían la versión oficial de los acontecimientos. Todos creían estar del lado correcto de la historia. Hasta que la historia comenzó a escribir sobre ellos. Y esa, justamente esa, debería ser la misión de un instituto histórico: investigar al poder, no recibir del poder la lista de temas que conviene investigar.
Hasta mañana.







