POPOL VUH 394

Por Mario Candia

16/7/26

DEPRESIÓN Durante muchos años imaginamos que la depresión tenía un rostro inconfundible. Pensábamos en alguien aislado, encerrado en una habitación, incapaz de levantarse de la cama o de encontrar razones para seguir adelante. Nos enseñaron a buscar lágrimas, tristeza permanente y desesperanza visible. Pero el siglo XXI cambió incluso eso. Hoy la depresión aprendió a sonreír. Sale a trabajar todas las mañanas, publica fotografías en redes sociales, hace bromas con los compañeros de oficina, cumple horarios, paga cuentas y responde con un automático “todo bien” cuando alguien pregunta cómo está. Nadie sospecha que, por dentro, lleva meses o años librando una batalla silenciosa.

SILENCIOSA Hace apenas unos días, un policía vial de León, Guanajuato, de apenas 27 años, decidió terminar con su vida arrojándose desde un puente. Antes grabó un video de despedida. No culpó a nadie. No escribió un manifiesto. No buscó justificar su decisión. Solamente dejó una frase que debería estremecernos como sociedad: “Llevaba mucho tiempo pasando por una depresión silenciosa que me terminó consumiendo”. Quizá la palabra más importante de esa frase no sea depresión. Quizá sea silenciosa.

DEBILIDAD Lo verdaderamente inquietante no es que existan personas con depresión. Han existido siempre. Lo alarmante es que cada vez resulta más difícil reconocerlas. Hemos construido una cultura donde mostrarse fuerte es casi una obligación, donde la vulnerabilidad suele confundirse con debilidad y donde pedir ayuda todavía provoca vergüenza. Aprendimos a ocultar el dolor con filtros, con productividad, con jornadas interminables de trabajo y con la falsa obligación de demostrar que siempre estamos bien. Vivimos conectados con cientos de personas y, al mismo tiempo, profundamente solos.

INCERTIDUMBRE Los datos del INEGI sobre el bienestar emocional de los potosinos retratan con una precisión casi dolorosa esa contradicción. La mayoría califica su vida con un notable 8.49 sobre diez. Se sienten satisfechos con su familia, con su libertad para decidir sobre su vida y con el sentido que encuentran en ella. Sin embargo, cuando la encuesta abandona el espacio íntimo y pregunta por el entorno, la fotografía cambia radicalmente. La seguridad obtiene la peor calificación; la ciudad, la situación económica y el país aparecen también entre los aspectos peor evaluados. Pareciera que los hogares siguen siendo refugios, mientras el espacio público se ha convertido en una fuente permanente de incertidumbre.

INEGI Pero hay cifras que merecen una lectura todavía más profunda. Más de 222 mil potosinos presentan indicios de depresión. Más de 434 mil muestran síntomas de ansiedad. Cerca de 311 mil tienen problemas importantes para dormir. Más de la mitad reportó haber sentido dolor físico apenas el día anterior a la encuesta. Y el indicador emocional peor evaluado no es la tristeza, sino la falta de energía. Los potosinos todavía dicen sentirse relativamente alegres, pero también admiten sentirse cansados, preocupados y emocionalmente desgastados. Es un dato revelador, porque la psicología lleva años advirtiendo que el agotamiento emocional sostenido suele ser la antesala de trastornos mucho más severos.

BAJO PRESIÓN Quizá estamos frente a una generación que aprendió a sobrevivir, pero olvidó cómo descansar. Nos acostumbramos a vivir bajo la presión económica, la inseguridad, la violencia cotidiana, la incertidumbre política, las redes sociales y la permanente comparación con vidas aparentemente perfectas. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil hablar de lo que realmente sentimos. La conversación pública gira alrededor de la inflación, las elecciones, el futbol o los escándalos políticos, mientras miles de personas libran en silencio una batalla que nadie alcanza a ver.

LÍMITE La tragedia del joven policía debería obligarnos a mirar mucho más allá de un video viral. No porque su historia sea excepcional, sino precisamente porque probablemente no lo sea. Todos conocemos a alguien que duerme poco, vive exhausto, responde que está bien mientras se desmorona por dentro o lleva demasiado tiempo funcionando en piloto automático. La diferencia entre unos y otros muchas veces no está en el dolor que sienten, sino en la oportunidad que tuvieron de ser escuchados antes de llegar al límite.

SALUD MENTAL La salud mental no comienza en el consultorio de un psicólogo ni termina con una receta médica. Comienza cuando dejamos de pensar que la fortaleza consiste en aguantarlo todo. Comienza cuando entendemos que nadie debería avergonzarse por decir “no puedo más”. Comienza cuando aprendemos a escuchar antes de aconsejar y a acompañar antes de juzgar. Porque la depresión rara vez hace ruido. Casi siempre llega en silencio. Y cuando finalmente habla, muchas veces ya es demasiado tarde.

Hasta mañana.