SAN LUIS

Así es la labor de los aguadores en el panteón del Saucito

Llenado cubetas o pedaleando cargados con botes de agua hasta el último rincón del cementerio el Saucito es como la familia de Eladio Ramos y María Dolores ganan unas monedas extra ofreciendo su fuerza y tiempo en el servicio de aguadores, oficio que se resiste a morir gracias a personas como ellos que hacen posible su vigencia.

Trasladándose en bicicleta desde su domicilio en la colonia Las Terceras, zona difícil y de muchas carencias ubicada al norte y orillas de la ciudad, es como desde temprana hora esta familia arriba a las puertas del panteón municipal El Saucito para iniciar su faena.

Medio desayunados y con sus cinco hijos al cuidado, a partir de los primeros minutos que abre el panteón «ya hay gente que llega con flores a visitar la tumba de sus familiares» y comienzan sus labores ofreciendo a los visitantes sus servicios.

Eligen un sitio cercano al aljibe que existe a un costado de la entrada principal y es para uso y servicio del cementerio, descargan sus botes amarrados en la bicicleta, unos son cuadros de alumno y otros son redondos y plástico, María les colocan una soga a los suyos, para poder captar el agua sin tener que bajar ella con sus botes por las escaleras que se encuentran dentro del aljibe.

Cuando cae el primer servicio, los integrantes varones y más grandes de la familia ayudan a Eladio al llenado de un bote, quien puede soportar pedalear en su bicicleta cuatro botes de aluminio con una capacidad aproximada de 20 litros cada una.

El agua que utilizan del aljibe es agua tratada y previamente fue abastecida por una pipa municipal, allí se suele reunir la concentración de todos los aguadores que trabajan estos días.

Deben portar un gafete blanco con un leyenda que les da el derecho y permiso de trabajar y utilizar el agua, se deben formar y esperar su turno, después bajar por siete y ocho escalones para acceder al agua y poder realizar el llenado de botes.

Todos los aguadores portan botas impermeables y algunos cargan una pequeña mochila dónde guardan su lonche y algunos objetos o herramientas de limpieza y pintura de criptas. Algunos suben cargando en cada brazo un bote lleno, otros, como María, utilizan sogas para evitarse las bajadas y subidas por las escaleras, pero igual la fuerza de levantar un bote lleno de agua recae en la parte lumbar de su espalda.

«Hay gente que nos trata mal o nos critica porque traemos a nuestros hijos, ven mal que nos ayudan, hay gente que los ve trabajando y los motiva con un pesito más, yo pienso que uno, como padre de familia, que sabe su situación hace lo que cree correcto y elige cómo está bien educar a sus hijos, para mi está bien. Yo no les exijo, si van a la escuela, y los traigo porque no tienen clase y quiero que sepan cómo es un trabajo de estos, cuando uno no tuvo o no quiso, verdad también, ir a la escuela», explica Eladio.

El trabajo pesado, las piernas y la espalda terminan «molidas», pero para los padres de esta familia el trabajo duro «no es una cosa nueva», el padre sostiene a su familia con trabajos alternados como albañil y cuando hay «temporadas sin chamba», se pone a fabricar ladrillos junto a su esposa María.

Comenta que las labores como aguador las lleva ejerciendo desde hace 14 años, siendo el integrante de la familia que lleva realizando este trabajo por más tiempo y año con año decide regresar en las fechas de Día de Muertos porque representa para él y su familia el obtener mejores ingresos en cinco o cuatro días de trabajo que lo que logran pagarle por una semana como albañil o una temporada en la venta de ladrillos.

«Estoy desde el viernes, pero estos dos días -1 y 2 de noviembre- son de trabajo para uno, ya si uno le hecha ganas, póngale que saca uno, por decirlo así, lo de dos semanas de trabajo que hace uno allá afuera, bueno, uno que se dedica al ladrillo o como albañil», explica.

En una hora realiza cuatro a tres vueltas, depende de las distancias donde se soliciten sus servicios de aguador, realiza 10 horas diarias durante estos días y también ofrecen servicio con la «pala» y el «asador», herramientas que usa para retirar maleza y hacer limpieza de tumbas, por este servicio cobra 25 pesos y por llevar agua son 20 pesos el bote, aunque no es una tarifa obligada y hay quienes terminan dando menos y no les niega el servicio.

Doña María no lleva agua hacia las tumbas, el peso es demasiado y en las primeras pedaleadas de la bicicleta suele marearse, pero se gana sus monedas con su trabajo y esfuerzo en el llenado de botes de agua a visitantes que llegan con su garrafón o cubetas. En un día bueno ha podido llenar hasta 500 cubetas, no todos pagan los 20 pesos que suele pedir por bote, acepta incluso lo que le ofrece la gente y ha llegado a ser hasta un peso la cubeta.

El hijo mayor de 20 años hace rondines lejanos, con sus cubetas de aluminio llenas para «cazar» así a quienes requieren humedecer la tierra para hacer limpieza y montar su arreglo floral en el último sitio donde se encuentran los restos de su familiar.

Alexander, de 11 años, suele quedarse junto a su padre Eladio para ayudarle. Es efusivo y competitivo, y toma un poco a juego con sus otros hermanos en cuánto tiempo logran llenar y sacar sus cubetas del aljibe, cuando se solicita su trabajo se anima a llenar al máximo de su capacidad sus dos cubetas, dependiendo de qué tan cansado se encuentra.

El cementerio El Saucito llega a tener durante las fechas 1 y 2 de noviembre la visita de aproximadamente 3 mil personas al día, la afluencia de personas a los sepulcros comienza con anticipación a estas fechas, pero la mayor concentración de gente es durante Día de Muertos.

En el Saucito hay alrededor de 150 personas que trabajan con un permiso de aguador, el municipio se los otorgó por cinco días y tuvo un costo para ellos de 500 pesos.

Los servicios que ofrecen van desde el transporte de agua hasta los sepulcros y también labores de retiro de maleza o reparación de daños pequeños en tumbas de mármol o cantera.

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