POPOL VUH 387

Por Mario Candia

17/6/26

 

PERIODISMO Mientras millones de mexicanos celebraban la inauguración del Mundial de Futbol 2026, mientras las cámaras mostraban estadios repletos, ceremonias espectaculares y discursos triunfalistas, en Veracruz ocurría una realidad mucho más cercana a la tragedia que a la fiesta. Ese mismo día era asesinado el periodista Luis Ángel López Valdez en Poza Rica. Diez días antes había sido secuestrada Roxana Guzmán en Nanchital. Dos historias distintas que convergen en un mismo punto: ejercer el periodismo en México sigue siendo una actividad de alto riesgo.

 

ROXANA GUZMÁN La escena que relata Rubicelia Ramírez, madre de Roxana, resulta estremecedora. Un comando armado irrumpe en una vivienda a plena luz del día, somete a una familia completa, golpea a un padre enfermo, encañona a menores de edad y se lleva a una periodista frente a sus hijos. Dos semanas después nadie sabe dónde está. La imagen no corresponde a una zona de guerra ni a un país colapsado por un conflicto internacional. Ocurrió en México. Ocurrió en Veracruz. Ocurrió en 2026.

 

MADRES BUSCADORAS Hay algo particularmente doloroso en las palabras de esa madre cuando afirma que ahora entiende a las madres buscadoras porque vive el mismo infierno. De pronto la estadística adquiere rostro. Ya no se trata de una cifra más en los informes de derechos humanos ni de un expediente acumulado en alguna fiscalía. Es una familia destruida, unos niños que dejaron de dormir, un padre enfermo que llora todos los días y una mujer que sale a pedir ayuda porque el Estado no ha logrado devolverle a su hija.

 

PELIGRO La desaparición de Roxana ocurre además en un contexto alarmante. Veracruz vuelve a aparecer como uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo. No es casualidad. La entidad arrastra una larga historia de violencia contra comunicadores. Desde principios de siglo ningún otro estado mexicano ha acumulado tantos periodistas asesinados. El sexenio de Javier Duarte dejó una huella imborrable de miedo, impunidad y silencio que parecía imposible de repetir. Sin embargo, los hechos recientes obligan a preguntarnos si realmente se superó aquella etapa o simplemente aprendimos a convivir con ella.

 

ASESINATO Y entonces aparece el caso de Luis Ángel López Valdez. Un periodista especializado en nota roja que ya contaba con medidas de protección oficiales debido a amenazas previas. Aun así fue asesinado. La pregunta es inevitable: ¿de qué sirven los mecanismos de protección si no logran proteger? Cuando un periodista bajo resguardo institucional termina ejecutado en una avenida pública, el fracaso deja de ser individual para convertirse en un fracaso del sistema entero.

 

MINIMIZAR Lo más preocupante es que cada vez que ocurre una agresión contra periodistas aparece la misma reacción oficial. Se minimiza. Se descarta de inmediato el móvil profesional. Se sugieren otras líneas de investigación antes incluso de que existan resultados concluyentes. Pareciera que existe una resistencia permanente a reconocer que informar puede ser precisamente la causa de la violencia. Como si aceptar esa realidad implicara admitir que el Estado ha perdido la capacidad de garantizar una de las libertades fundamentales de cualquier democracia.

 

SILENCIO Cuando desaparece un periodista no solo desaparece una persona. Se intenta desaparecer información. Cuando asesinan a un reportero no solo matan a un individuo. Buscan sembrar miedo entre quienes observan y documentan la realidad. El objetivo final no es una víctima; es el silencio.

 

LIBERTAD Por eso los casos de Roxana Guzmán y Luis Ángel López Valdez no deberían verse como hechos aislados ni como tragedias locales. Son un recordatorio de que la libertad de expresión sigue teniendo enemigos muy poderosos en México. Y también una advertencia: cuando los periodistas callan por miedo, quienes terminan perdiendo la voz son los ciudadanos.

 

Hasta mañana.