Por Mario Candia
20/7/26
CIFRAS El Gobierno de México celebró hace apenas unos días uno de los anuncios más importantes de su estrategia de seguridad. Desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum y su gabinete informaron que el promedio diario de homicidios dolosos había disminuido 48 por ciento respecto al inicio de la administración. De 86.9 asesinatos diarios en septiembre de 2024, dijeron, el país había pasado a 45.4 en junio de este año, el registro más bajo de los últimos doce años. La cifra fue presentada como evidencia de que la estrategia funciona y de que miles de vidas se han salvado.
REALIDAD Las estadísticas son indispensables. Permiten medir tendencias, evaluar políticas públicas y comparar periodos. Sería intelectualmente deshonesto negar que una disminución sostenida en los homicidios dolosos constituye, en principio, una buena noticia. El problema comienza cuando los números pretenden sustituir a la realidad. Porque mientras el país escuchaba que la violencia retrocedía, Zacatecas despertaba con una escena que parecía arrancada de los años más oscuros de la guerra contra el narcotráfico.
ZACATECAS Diez hombres asesinados. Cuerpos abandonados en distintos municipios. Entre ellos, un exalcalde, empresarios, funcionarios municipales y un bombero. No se trató de una disputa aislada entre grupos criminales desconocidos. Las víctimas pertenecían al tejido económico, político y social de una región entera. Todavía más inquietante resulta que la propia Fiscalía de Zacatecas haya comenzado a explorar una línea de investigación relacionada con extorsión a empresarios y una posible colusión de servidores públicos. Si esa hipótesis se confirma, el problema deja de ser únicamente la violencia del crimen organizado para convertirse en algo mucho más profundo: la infiltración del crimen en las estructuras del Estado.
TERROR Las estadísticas nacionales pueden mostrar una tendencia descendente y, al mismo tiempo, coexistir con episodios de brutalidad capaces de paralizar a una sociedad. No existe contradicción matemática. Sí existe, en cambio, una contradicción política cuando el discurso oficial transmite la sensación de que el problema está siendo derrotado mientras los ciudadanos observan escenas propias de un país que todavía vive bajo el dominio del terror.
INDICADORES Los gobiernos suelen enamorarse de los indicadores porque los indicadores son ordenados. Caben en una diapositiva, en una conferencia de prensa o en un gráfico de barras. Los cadáveres, en cambio, son profundamente incómodos. No respetan promedios. No entienden porcentajes. Irrumpen para recordar que detrás de cada estadística existe una vida truncada y una comunidad marcada por el miedo.
SEGURIDAD El éxito de una política de seguridad no debería medirse únicamente por cuántos homicidios menos registra una base de datos. También debería evaluarse por la capacidad del Estado para impedir que un grupo criminal secuestre, asesine y exhiba a diez personas —entre ellas empresarios y un exalcalde— como un mensaje de poder. Porque al final, la verdadera pregunta no es si México tiene hoy menos homicidios que hace veinte meses. La pregunta es si los mexicanos sienten que el Estado recuperó el monopolio de la fuerza o si todavía existen regiones donde son los criminales quienes deciden quién vive, quién muere y quién sirve de escarmiento público.
IMPUNIDAD Las cifras pueden ofrecer esperanza. Pero cuando aparecen diez cuerpos abandonados en las carreteras de Zacatecas, la realidad exige algo más que una buena gráfica. Exige resultados que no sólo reduzcan el promedio estadístico de la violencia, sino también la capacidad del crimen para imponer, con absoluta impunidad, el lenguaje del horror.
Hasta mañana.







