Por Mario Candia
SOBERANÍA La soberanía es uno de esos conceptos que, cuando se pronuncian desde el poder, suelen venir acompañados de aplausos automáticos. Nadie en su sano juicio podría estar en contra de defender al país de presiones extranjeras, espionaje político, financiamiento ilegal o manipulación electoral desde el exterior. El problema comienza cuando la soberanía deja de ser un principio jurídico y se convierte en un instrumento ideológico.
INJERECISMO La iniciativa impulsada por Ricardo Monreal para anular elecciones por “intervención extranjera” parece caminar justamente sobre esa peligrosa frontera. En apariencia, el planteamiento luce razonable: impedir que gobiernos, organizaciones o intereses externos alteren la voluntad democrática de los mexicanos. El problema no es la intención declarada, sino la elasticidad del concepto. Porque una vez abierta esa puerta, la pregunta inevitable es: ¿quién decide qué es cooperación legítima y qué constituye injerencia?
CUBA Y ahí es donde Morena tropieza con su propia narrativa. Mientras impulsa reformas para castigar la influencia extranjera en la política nacional, el partido oficial firmó recientemente un convenio de cooperación con el Partido Comunista de Cuba. No con una fundación académica. No con un organismo internacional. No con una organización civil. Con el aparato político oficial de un régimen de partido único que gobierna la isla desde hace más de seis décadas.
COLABORACIÓN La pregunta incómoda no es si Morena tiene derecho a sostener relaciones internacionales. Todos los partidos del mundo lo hacen. La verdadera pregunta es otra: si un partido extranjero participa en intercambios ideológicos, capacitación política, respaldo narrativo o cooperación estratégica con una fuerza gobernante mexicana, ¿eso es colaboración legítima o influencia extranjera?
TRUMPISMO Porque si mañana un grupo conservador mexicano firmara acuerdos de cooperación política con organizaciones estadounidenses cercanas al trumpismo, Morena sería el primero en denunciar “intervencionismo”. Si una fundación europea financiara estrategias digitales para la oposición, se hablaría de conspiraciones extranjeras. Si un medio internacional cuestiona al régimen, inmediatamente aparece la retórica de los ataques coordinados desde el exterior.
CONVENIENCIA La soberanía, al parecer, sólo se vulnera cuando la influencia viene desde la derecha. Y ese es precisamente el peligro de las leyes ambiguas: terminan dependiendo no de criterios objetivos, sino de afinidades ideológicas. Lo que hoy es “solidaridad internacionalista” mañana podría convertirse en “injerencia desestabilizadora”, según convenga políticamente.
PELIGRO La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron utilizando conceptos nobles para justificar controles cada vez más amplios sobre la crítica, la oposición y la narrativa pública. La defensa de la patria. La estabilidad democrática. La seguridad nacional. La lucha contra enemigos externos. Siempre existe una causa superior que termina justificando herramientas peligrosamente discrecionales.
NARCO Porque la línea entre cooperación e injerencia es extraordinariamente delgada. Tan delgada que, en manos del poder, puede terminar funcionando como una aduana ideológica donde sólo cruzan sin problema las influencias políticamente afines al régimen.Pero si realmente existe voluntad de blindar las elecciones mexicanas de poderes ajenos a la democracia, entonces quizá la discusión debería comenzar por otro tipo de intervención mucho más brutal, mucho más documentada y muchísimo más letal para el país: la del narcotráfico.
EXTENSIONES Porque mientras se debate sobre influencers extranjeros, campañas digitales o presiones diplomáticas, en vastas regiones de México existen candidatos impuestos por grupos criminales, campañas financiadas con dinero ilícito, operadores electorales armados, comunidades enteras sometidas por el miedo y gobiernos locales convertidos en extensiones territoriales del crimen organizado. Esa sí es una auténtica intervención sobre la voluntad popular. Esa sí altera elecciones. Esa sí secuestra la soberanía nacional.
NARRATIVA Tal vez una reforma electoral verdaderamente histórica no debería concentrarse únicamente en la nebulosa y políticamente interpretable “injerencia extranjera”, sino establecer con absoluta claridad que cualquier elección contaminada por la participación, financiamiento, presión o intimidación del narcotráfico sea automáticamente anulada. Sin ambigüedades. Sin interpretaciones ideológicas. Sin dobles discursos.
COMBATE Porque resulta paradójico obsesionarse con fantasmas externos mientras el crimen organizado participa cada vez con menos discreción en la vida política nacional. Y quizá ahí reside la gran omisión de esta reforma. Porque combatir la injerencia extranjera puede ser un discurso. Combatir la injerencia del narcotráfico implicaría enfrentarse al verdadero poder que hoy amenaza la democracia mexicana.
Hasta mañana.