25/5/26
CRUZ AZUL Hubo un tiempo en que ser aficionado del Cruz Azul parecía más un acto de resistencia que de alegría. Décadas enteras donde la ilusión terminaba siempre igual: una final perdida, un gol imposible al último minuto, una tragedia deportiva tan repetida que el país entero convirtió el verbo “cruzazulear” en sinónimo de fracaso. Y aun así, millones siguieron ahí. Porque la pasión verdadera no funciona con lógica.
PASIÓN En la película argentina El secreto de sus ojos (Campanella, 2009), hay una frase demoledora que termina resolviendo un crimen: un hombre puede cambiar de casa, de trabajo, de mujer, de religión, de todo… menos de pasión. El asesino de la historia no pudo ocultarse porque jamás dejó de ser hincha de Boca. Y quizá por eso el futbol tiene algo de irracional y de profundamente humano: uno no escoge realmente a su equipo; el equipo termina escogiéndolo a uno.
RELIGIÓN Serle fiel a Cruz Azul durante las últimas décadas implicó cargar con la burla pública, con la resignación anticipada y con la sospecha permanente de que el destino estaba empeñado en castigar a su afición. Porque no fueron pocas las veces que el campeonato estuvo al alcance de la mano y terminó escapándose de forma absurda. Finales convertidas en pesadillas nacionales. Heridas deportivas que pasaron de padres a hijos. Sin embargo, ahí siguieron. Como una religión laica. Como una vieja promesa imposible de abandonar. Y quizá eso explica por qué un campeonato nunca es solamente un campeonato.
MEMORIA Para quienes no entienden el futbol, todo esto puede parecer exagerado. Veintidós hombres corriendo detrás de una pelota. Noventa minutos. Un trofeo. Pero el futbol nunca ha sido únicamente deporte; es identidad, memoria y pertenencia. Hay aficionados que recuerdan perfectamente dónde estaban cuando vieron jugar a Miguel Marín, aquel portero legendario que convirtió el arco cementero en una muralla. Otros crecieron escuchando las hazañas del inolvidable Fernando Bustos o de Alberto Quintano. Más tarde llegarían nombres como Carlos Hermosillo, símbolo de una generación entera, o el irreverente Julio César Cevallos, aquel “Chaplin” que convirtió la creatividad en espectáculo. Y detrás de muchas de esas gestas apareció la figura histórica de Ignacio Trelles, uno de los técnicos más grandes que ha dado este país.
AFICIÓN Porque Cruz Azul no es un equipo pequeño ni accidental. Es uno de los clubes más históricos del futbol mexicano. Sus campeonatos, sus épocas doradas y su afición forman parte de la memoria emocional del país. La famosa “Máquina Celeste” nació precisamente porque hubo temporadas donde parecía invencible. El problema fue que después vino el desierto. Y los desiertos siempre ponen a prueba la fe.
CAMPEÓN Por eso este título pesa distinto. Porque no solamente ganó un equipo. Ganó la persistencia sobre el ridículo. Ganó la lealtad sobre la moda. Ganaron millones de aficionados que nunca dejaron de creer incluso cuando el resto del país ya había convertido su tragedia en meme nacional. Y quizá ahí esté la lección más poderosa del futbol: las verdaderas pasiones sobreviven incluso a la humillación. Porque quien ama algo de verdad permanece, aun cuando parecería más sencillo abandonarlo. Al final, tenían razón en aquella película de Campanella. Uno puede cambiar muchas cosas en la vida. Pero jamás aquello que le hace latir el corazón.
Hasta mañana.